De plantas y desplantes

Un clavo saca otro clavo (2 de 2)

Publicado en la88.mx

Vlad Artazov

Algo me dice que dejé de amar a Chicoché incluso antes de nuestro final. Lo curioso es que –por más que trate de evitarlo– aún pienso en él, pero nunca con ánimos de recuperarlo. Todos los días me obligo a repetir uno de los mantras de un libro de autoayuda que compré hace poco, escrito por un psicólogo brasileño quien –al parecer– es muy respetado en América Latina y varios países de Europa: «Es difícil pegar los pedazos, pero puedes volver a ser tú sin él, porque el indicado no es él. Jamás será él». Una parte de mí se burla del proceso curativo por el que me he obligado a pasar. La otra lo vive con devoción. Siento que en estas semanas me he amado más de lo que me había amado en dos años. ¡Ah! Este optimismo que debo valorar pero que, por otra parte, me parece repulsivo. Y es que es complicado reconocer el amor propio entre tanta amargura. Diosito, ¿podrías coserme los labios con tu hilo divino cuando veas que estoy a punto de escupir rosas? Y si me vas a dejar escupirlas, ¿podrían tener espinas, al menos?

Mis días con el español han formado parte de una experiencia muy particular. Me río mucho (a veces con él, a veces a sus costillas). En la segunda cita conocí su departamento: cocinó camarones al ajillo y me recibió con una copa de champán. Cuando le dije que era alérgica a los camarones y que había dejado de beber temporalmente, soltó un entusiasta «¡Uy, qué lástima! Tendré que comerme todo yo». Después sacó una lata de atún en aceite y –con la sutileza que, al parecer, no lo caracteriza– dejó caer un plato frente a mí para que yo misma abriera la lata y preparara mi sofisticada cena. Apagó el fuego, tapó la sartén y comenzó a desabrocharse la camisa poco a poco.

–¿Qué haces?– pregunté, al tiempo que ponía distancia entre los dos con mi brazo derecho bien estirado y la palma abierta, a la altura de su barbilla.

–Tranquila, mecsi– por mexicana, me imagino.– Sólo quiero que mires mi abdomen. Al llegar a esta ciudad, uno busca ser la mejor versión de sí mismo. Siente el six pack, anda. A que te gusta, ¿eh? Dime la verdad. Que te ha gustado mucho.

A partir de ese momento cambié de opinión y le dije que no estaba de más brindar con una copita. O dos. Hasta tres para olvidar la escena del abdomen de lavadero. Más tarde me contó que disfrutaba mucho la música de mi país y que era fanático de Juan Gabriel. Con ánimos de enseñarle algo nuevo busqué el video en el que José José canta El triste en la OTI. Se emocionó tanto que se le aguaron los ojos, dejó de interesarse en mí y siguió buscando grabaciones de «El príncipe de la canción». Aproveché para escabullirme sin que se diera cuenta (a estas alturas ya debe estar acostumbrado a mis actos de escapismo). Media hora después llegué a casa y devoré un pollo en salsa verde que encontré en el refrigerador.

Han transcurrido quince días desde esa segunda cita. Como estoy de vacaciones nos frecuentamos de tres a cuatro veces por semana. Cuando no lo veo, salgo sin importar adónde. Cualquier tipo de evento es bienvenido para distraerme: llámese actividad recreativa, presentación, concierto, comida, cena, brunch, caminata en el parque, café con amigas. Si no me apetece ver a nadie me recluyo en la biblioteca, ya sea para escribir o para sentarme a leer. También he encontrado un extraño placer en acudir a las protestas que se llevan a cabo, casi a diario, en diferentes puntos de la ciudad. Si me entero de alguna manifestación llego con mi cartulina y, en el momento, escribo mi sentir con un plumón rojo (si de plano no entiendo el porqué del plantón, hago lo mismo que el compañero de al lado). Digamos que el mitote es un método catártico infalible. De hecho, hace poco fui a alzar la voz en favor de Earth First. Me tomé tan en serio mi papel, que terminé sintiendo que la Madre Tierra era yo: me dejé ir y –después de un poco de Blue Dream– comencé a moverme libre (no, no como el viento. Libre. A secas. Sin cliché) al ritmo de los cánticos y los tambores. A veces pienso que si iniciara una secta tendría chingos de adeptos.

Ahora voy rumbo a la casa de un amigo del español a quien, en realidad, ya le puesto un apodo: Nacho Vidal. El nombre salió, justamente, de un actor porno en España que es famoso a nivel internacional y ahora participa en reality shows para aferrarse al mundo de la farándula. El parecido entre los dos no es físico. Más bien, sucede que al español lo veo como un personaje de ficción que llegó con un propósito a mi vida: alguien que no me pone nerviosa, a quien no le veo potencial para una relación seria, pero que tiene lo suyo y que, de paso, me complace (muy a su manera, pero cumple el cometido). Al parecer, el amigo de Nacho tiene unloft enorme en Tribeca. Subo cuatro pisos y, de pronto, me encuentro en esta bodega inmensa con techos altísimos, rodeada de gente nueva. Hay tres australianos, dos colombianas, un japonés, un argentino y dos chilenas. Después de una cálida bienvenida empezamos a conversar (es, oficialmente, mi primera reunión con expats). Nacho me presenta como su chica. Yo prefiero no decir nada, así que me dedico a hacer de la convivencia un evento memorable y la paso de lo lindo. ¿Para qué mentir? Me siento cada día más fuerte.

O no. Hoy me he levantado con ese dolor en el estómago que de vez en cuando me saca una que otra lágrima. Me toco el vientre y al apartar la mano noto un lunar rojo en mi camiseta: estoy sangrando. El instinto me lleva a salir corriendo en pijama, con tenis pero sin calcetines, furiosa. Cuando alzo la vista me doy cuenta de que he llegado hasta Harlem. Cruzo calles y avenidas, subo, bajo, la cadencia me acompaña. Al llegar al apartamento me desnudo, exhausta, y me paro frente al espejo del cuarto: el clavo sigue ahí, pero –por suerte– ahora sobresale la mitad de la caña. Cierro los ojos, inhalo buenas intenciones, exhalo los malos pensamientos y el vaho que despido en cada exhalación dobla una parte del fierro –ésa que emergió mientras corría– hasta sentir cómo su cabeza roza mi abdomen. ¿Que si duele? Presa de esta tortura vomitaría hasta el píloro si fuera posible, pero lo importante es que doblado será menos incómodo. A cubrir el asunto con una gasa y ya está. Pronto saldrá la porquería intacta. Es cuestión de tiempo.

Dos llamadas sin contestar: una de Claudia y la otra de Nacho. Le marco sólo a ella y quedamos de ir por unas cervezas a Union Pool, en Williamsburg. Ya en el bar recibo un mensaje de él: «Chiqui, te he estado llamando. ¿Tienes ya vestimenta para la noche de año nuevo? Debes ir como en la peli de Gatsby, ¿la recuerdas? Bueno, yo voy a ponerme un saco muy guay, como el de Leonardo DiCaprio. Me preocupa un poco, porque tú tendrías que copiar lo que lleva Daisy, ¿no crees? Para que vayamos de parejita.». Dejo caer el teléfono inmediatamente y me llevo ambas manos a la cabeza, salgo del lugar y pego un grito tan fuerte que llega hasta los oídos de mi madre, en el Distrito Federal. Es que, ¡¿de dónde ha salido este hombre?! Río y lloro al mismo tiempo. Tengo la sospecha de que Nacho Vidal es el hijo perdido de un comediante marciano.

Lo vemos a lo lejos y nos hace señas para evitar la enorme fila que lleva a la puerta de entrada (hablo en plural, porque a la fiesta me acompaña Mayte). Una mujer nos da pulseras VIP, lo cual quiere decir que tenemos acceso a bocadillos y alcohol ilimitados. Ella misma nos conduce a la mesa. Visiblemente nervioso, Nacho se acerca y, antes que cualquier cosa, dice que no me ha contado toda la verdad, pero que en unos momentos debe hacer elcountdown para el año nuevo y que me confundiré un poco conforme pase la noche si no hablamos. Empieza con que el PH en Gramercy no es suyo, sino de su jefe, el mismo que yo identificaba como su socio. Que los amigos con los que he convivido son –en realidad– sus clientes: «Me dedico a llevarlos a buenos lugares por las noches». La explicación parece no tener fin. Que no es de Madrid, sino de Jaén. Que no tiene visa de trabajo por lo que, en unos meses, lo mandarán a Brasil para seguir ayudando a organizar eventos, aunque, de forma más específica, él es el maestro de ceremonias. Ah, y que no tiene 35 años, sino 42.

–¿Te pasa algo, mi mecsi? Me ha parecido que has movido la ceja.

–El problema no es que seas maestro de ceremonias. Es que te aventaste más cuentos de los que he escuchado jamás. ¿No te cansas de aparentar? ¿Qué ganas con tanta pinche mentira?

–Te he dicho que esta ciudad está hecha para reinventarse.

–Para re inventar, más bien.

Cuando estoy a punto de darle las gracias y desearle éxito en su vida porque yo, básicamente, me largo a la chingada, guiña un ojo y corre hasta el micrófono que está en el balcón, junto a la mesa de sus amigos clientes. Entre el 10 y el Happy New Year le cuento la verdadera historia a Mayte. Después del conteo, a las 12:01 –a falta de galanes–, nos damos un beso en los labios y salimos corriendo. Hasta nunca, Nacho Vidal.

–Güey, está en la puerta.– May se me queda mirando. Ante mi incredulidad, sus ojos comienzan a hacerse más grandes por segundo.

–No. ¿Después de lo de ayer? ¡No le abras! Dile que al salir de la fiesta me perdiste y que vino la policía a avisarte que me secuestraron, me destazaron y esparcieron mis restos en el East River. No, mejor que los encontraron en una bolsa de basura. En el Hudson. Sí.

Los ojos de May no dejan de crecer. Creo que ha entrado en shock. ¿Y yo? Yo he pasado de verla con ternura a tenerle miedo. Me levanto y salgo del cuarto para ponerle remedio a la situación, pero ya es demasiado tarde: Nacho Vidal se encuentra en la sala. Ha tomado unDiet Sunkist del refri y está sentado, cómodamente –a sus anchas, como diría mi tía Rocío–, en el sillón azul. Le pregunto qué hace en mi casa. No responde. Repetimos la pregunta: yo y mi chongo desbaratado, y mi saliva pastosa, y mi ojo a medio cerrar a causa del tropezón de anoche, patrocinado por mi escape en tacones. Me estalla la cabeza.

–¡Auxilio!

–Lo sé, chiqui. Yo también estoy mal sin tu cariño.

–¡No! No te lo digo a ti. Lo que pasa es que… ¡Olvídalo!

–Estás muy alterada. Supongo que todos reaccionamos de diferentes maneras cuando extrañamos a alguien. Estoy muerto crónico sin ti.

Escucho una carcajada que proviene de mi cuarto. Sé que, si reacciono igual, la cosa no va a terminar tan fácilmente. Mayte no para de reírse, pero me niego a perder la compostura si lo que quiero es sacar de mi vida a este hombre.

–¿Estás muerto qué?

–Muerto crónico– contesta con una seguridad absoluta del buen uso de su español.

–Te juro– hago la señal de la cruz–, te juro por Dios que no eres de este mundo.

–Pues claro. Te he dicho que nací en Jaén, pero eso ya no tiene relevancia. Lo importante es que esta misma tarde nos vamos a Washington. Tú y yo solos. Ya está todo reservado para nuestro finde romántico.

Caigo en cuenta de que dormí con la sudadera de Chicoché: lo único que no me atreví a tirar la noche en que alimenté al Tiranosaurio Rex con sus tiliches. Siento una punzada en la boca del estómago (si soy sincera, la verdad, la verdad, es que no conozco Washington y, si lo veo por el lado amable, podría ser una buena oportunidad para tomarme selfies junto a Abraham Lincoln y enviárselas a mi papá).

Penn Station parece romería. ¿Será porque es primero de enero o porque estoy a punto de aplicar la de Rudy Giuliani? CERO tolerancia. Le digo a Nacho que cuide mi maleta mientras voy a comprar algo de beber. La fila en el Starbucks es inmensa, pero al cuerpo lo que pida: ese café es mi única prioridad por el momento. ¿Cuánto durará el recorrido en tren? ¿Y si mejor nos paramos en Filadelfia y regresamos hoy mismo? Siempre he pensado que los viajes son cosa seria. Muy íntimos, pues. Un compañero de viaje no se elige al azar. Y el mío, antes de partir, ya me ha hecho perder la paciencia varias veces. Hablando del rey de Roma, Nachito viene caminando hacia mí con una alegría que alcanza para los dos. Ha dejado las maletas en la sala de espera, pero antes de lanzarme a cuestionarlo me adivina el pensamiento: «Se las he dejado a una gorda simpatiquísima. Sólo he venido a pedirte un favor». Y, entonces, casi salido de un cuento de terror, se pone de rodillas. Junta las manos como si estuviera rezando y me mira desde abajo. Pestañea tan rápido que parece que lleva un colibrí batiendo sus alas en cada ojo. Yo sudo como si me hubieran rociado la espalda con una manguera. Le pido que se levante.

– Te vas a lastimas las rodillas, españolito lindo. El piso está sucio y, además, la gente no te quita la mirada de encima. Hago lo que quieras, con un carajo, pero ¡párate en este instante!

–¡Vale!–responde, emocionado, con una voz que no es la suya. Con otro timbre, vamos, un timbre muy agudo. Siento como si estuviera frente a un niño de cuatro años que necesita algo con desesperación. Le pone, como es su costumbre, la cereza al pastel– ¡¿Me compras unasroasted almonds, mamá?! Di que sí. ¿Me las compras por favor? Anda, mamá, ¡cómprame unas roasted almonds!

–Yo no soy tu mamá.

Olvido que el lugar está abarrotado. Las miradas insistentes, las risas burlonas, nada de eso existe. Abandono la fila y me siento en el piso, junto a él. Comprendo, en este momento de iluminación que raya en lo absurdo, la razón por la cual nos conocimos. Nacho no fue alguien que usé y deseché a mi antojo. Cumplió su propósito en mi vida, pero yo también cumplí –sin saberlo– el mío en la de él, un hombre que se siente ciudadano del mundo y cuya sonrisa permanente es la pantalla de un niño asustado que vive en tremenda soledad. Gracias a él superé el enojo, el dolor, la frustración, las mismísimas ganas de disparar un arma de fuego para ver si una bala perdida atravesaba la puerta del domicilio de Chicoché. A cambio, yo le di algo que nunca encontró en Nueva York: mañanas, tardes y noches de amistad genuina. Fui su noviecita durante mes y medio (aunque nunca lo quise aceptar). Lo acompañé. Nos acompañamos. Hoy puedo entenderlo todo y, por eso, creo que debo darle las gracias y regresar a casa.

–Anda, Martín. ¿Por qué no te vas a Washington tú solo? Siento que nos vendrá bien un poco de espacio, ¿qué dices? Además yo tengo que seguir con mi tesis y éste no es un buen momento para salir de Manhattan.

Por primera vez desde que lo conozco, no responde con una de sus frases ingenuas. Me estruja tan fuerte que siento su adiós en ese abrazo. Nos levantamos, algo entumidos, y caminamos juntos para recoger nuestras maletas. Sin café. Ni roasted almonds.

–Se te ha caído un clavo, chiqui, pero creo que ya no sirve. Está oxidado y algo torcido. ¿Dónde lo traías?–. Suelto un gritito y contengo la emoción para compartirla con May, mi hombro de cabecera.

–No lo sé, pero tienes razón. Eso ya no sirve. Tíralo en cualquier bote de basura por mí, ¿sí? Gracias. Por todo. Y que tengas un muy buen viaje.

***

Photo credit: Vlad Artazov – Nail Art

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