Uncategorized

Un clavo saca otro clavo (1 de 2)

Publicado en la88.mx

Vlad Artazov

La historia empieza cuando, después de haber mandado a la mierda dos años de relación con Chicoché (vamos, que mi personaje necesita un nombre), me emborracho con sólo tres copas de vino y termino besando al tipo más feo del bar. Al salir, arranco con furia la cadenita que llevo colgada al cuello –regalo de Chicoché, por supuesto–: la aviento al piso, la hago pedazos, la remato con el tacón de las botas que me pongo exclusivamente cuando traigo ganas de matar a alguien, y me subo a un taxi, sola, con mis botas de Marilyn Manson y mi rabia bien acomodadas. Ya en casa, aún bajo el efecto de las tres insignificantes copas de tinto, reúno todas las cosas que le pertenecían al que durante veinticuatro meses me juró amor eterno; las echo en una bolsa de basura y las tiro por la ventana, para que un Tiranosaurio Rex venga y las devore después de mi último alarido.

No, mentira. La historia comienza en el Aeropuerto Benito Juárez de la CDMX. Yo, en un teléfono público –minutos antes de subirme al avión–, le pido a Chicoché que recapacite. Él, desde la comodidad de su cama, inmune a mi llanto, dice que no piensa volver conmigo, pero que podemos seguir queriéndonos de otra manera, sin reglas ni exclusividad. En plena crisis, frente a mí, aparecen las sabias palabras de mi madre en un teleprompter. Me limito a leer sin mucha idea de lo que estoy diciendo. Parece un texto enorme: “El poliamor no es para mí. Adiós.” Siento que acabo de leer La Biblia cuando, en realidad, apenas si pronuncié siete palabras antes de dejar el auricular colgando. Mis pantorrillas comienzan a temblar –como sucede cuando el cansancio me rebasa– y eso que apenas son las siete de la mañana. Me doy cuenta de los tres kilos de dignidad que perdí mientras hablaba por teléfono y de que, además, me limpié la nariz con los puños del suéter. Camino hacia un local para comprar un paquete de Kleenex cuando, de pronto, como si lo hubieran puesto ahí para que yo lo viera, un libro titulado Desapegarse sin anestesia, de un tal Walter Riso, se desliza hacia mis manos –flotando–desde el anaquel. Ya en el avión, dispuesta a cerrar un capítulo más en mi vida, me sumerjo en mi primer texto de autoayuda.

No, no. Definitivamente no. La historia inicia en mi cuarto. En pleno invierno. Está nevando, de hecho, y la ventana permanece abierta porque me gusta que el aire circule, gélido, aunque ande por la casa luciendo mi traje de esquimal. Ya me había acostumbrado a los domingos de resaca, de series en pijama, bata, calcetas de lana y de 50 dólares bien gastados en comida chatarra–aunque eso significara alimentarme de atún durante la semana siguiente– para llenar los vacíos que dejó el güisqui de la noche anterior. El problema es que hace unos días me lié con un gringo desagradable por andarle sufriendo a Chicoché, así que, no sé hasta cuándo, pero le pienso dar un espacio prolongado al tema de la bebida. El rencor que destilan las canciones de Mumford & Sons es como un bálsamo: tan reparador, que en este instante me nace afeitarme la cabeza completa, cual Britney, en lugar de usar la tenaza para peinarme. «Bonita en domingo», me digo a mí misma. «Te verás bonita en domingo aunque te duela el estómago y saldrás a tu cita con el español que te pidió el teléfono en la estación de la línea L. Ni una lágrima más, al menos por hoy».

Es más guapo de lo que recordaba. Algo pequeño para mí (lo rebaso por una cabeza con zapatos altos), pero se ríe de sus propios chistes y, aunque son bastante malos, eso me parece atractivo. Me revisa de pies a cabeza: dice que le gusta mi abrigo de visón. De hecho, me roza el brazo sutilmente con el dorso de la mano para ratificar que es genuino y lanza un: «Estoy seguro de que los activistas de PETA te han atacado ya en varias ocasiones». No alcanzo a reaccionar a su comentario cuando ya ha fijado sus ojos en una de mis pulseras: me dice que es linda. Luego, con una erudición salida de un bote de basura, pronuncia mal la marca. Yo me pregunto en qué momento accedí a encontrarme con este fantoche. Me cuenta que nació en Madrid y que está viviendo el sueño americano, que vive en un PH en Gramercy y tiene un negocio en la ciudad con un socio francés. Ya en la sala me pide que le traduzca The Hobbit porque su inglés es malo. Salgo por la tangente y le contesto que de verdad lo siento, pero que tampoco entiendo mucho. «Joder, si todas las mujeres con las que he venido me explican lo que dicen los personajes». Ja. Todas las mujeres. Cínico. Punto para el español por pinche cínico. Después de la película nos metemos a otra sala, sin pagar, para ver Lincoln.Él está convencido de que escabullirse y jugar a Cine: Permanencia voluntaria es toda una aventura. Para mí es un suplicio porque, cuando termine esto, voy a haber compartido cinco horas de mi vida con un extraño que me quiere hacer cariños en el antebrazo y que repite «dame un besito» cada diez minutos.

–¡Engañosa!– me dice al salir.–En el tren traías ese sombrero que te hacía ver más rubia, por las puntas que sobresalían, supongo. Ahora que te veo, podrías darte una vuelta por la pelu, ¿no crees?

–Otro punto para ti por sincero. Es más, te regalo dos, pero con mi pelo no te metas.

–Estas mexicanas tan violentas. ¡Para ya con las amenazas! Mejor dime por qué me he ganado el primer punto.

–Te lo diré si salimos de nuevo. Y si dejas de jugar a los besos. Entiende que no te conozco.

–Qué graciosa eres.

¿Graciosa, yo? Vaya. Ésa es nueva. Si yo soy graciosa, el mismísimo Diablo es amor. Al final le digo que no tiene que acompañarme a mi casa (demasiada convivencia para una primera cita. Necesito caminar, llegar cansada e intentar dormir). Trata de enseñarme un video en el celular y alcanzo a ver que tiene mi número guardado como «Ana mejicana 3». Me parto en dos con este cabrón mujeriego. Ahora entiendo que es, justamente, el clavo que andaba buscando. Más vale que funcione como lo tengo pensado, rápido y sin complicaciones, porque el clavo que aún traigo adentro ha empezado a oxidarse. Si me acuesto boca abajo no me deja respirar; conforme han pasado los días se ha ido encarnando y ahora veo un círculo rojizo en la boca del estómago, alrededor de donde está enterrado (me pregunto si será una señal de infección). Necesito que esta belleza de español lo extirpe pronto. Le doy un par de citas más.

***

Photo credit: Vlad Artazov

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s