Diario de una condesa sin tornillos · Uncategorized

Nada personal

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Elena Poniatowska es reconocida con el premio Cervantes y a mí me bolsean en el Starbucks de Plaza Polanco, al mismo tiempo que presento un reporte de métricas a uno de mis clientes. Elena Poniatowska se convierte en la primera mexicana en recibir el premio Cervantes y medios, y críticos, y escritores, y admiradores y paleros la celebran con bombo y platillo. «Doble mención», pienso. «Doble mención por haber ganado ese premio cuando su literatura emergió de su profesión como periodista». «Doble mención, le pese a quien le pese y le acomode a quien le acomode en este México tan regido por los grupos y las mafias». Pienso, también, que en un mundo paralelo, los 125 mil euros que el galardón del Ministerio de Cultura de España trae bajo el brazo me servirían para comprarme un añito de no hacer nada más que literatura. Lo compraría con la rapidez con la que se pronuncia un «sí» y me iría a Holbox a escribir en plena temporada del tiburón ballena (después emigraría a la selva, a algún lugar cercano: como Chiapas, por ejemplo). Pero luego recuerdo que el carterista de Starbucks me dejó en ceros en cuestión de minutos y que debo pagar mi parte de la renta el primero de diciembre. Y es que es más fácil hacerse de un poco de tiempo que comprárselo a alguien. El tiempo no se compra. O sí. Sucede que estoy confundida. Desesperada. Y todo por un pendejo que me dejó sin plata (a menos que en el mundo alterno con el que fantaseo aceptaran pastillas de potasio, Sharpie Pens y un gloss de Victoria´s Secret a cambio de un poco de tiempo para ordenar mis ideas frente a la computadora).

Pienso que cancelé las tarjetas que pude (al menos, las que recuerdo que había dentro de la billetera), que levanté un acta por los cargos posteriores a la junta en el café, que le lloré al taxista, a la leader de BTL de la agencia, a la recepcionista y que después –concienzudamente– preferí llorar hacia adentro: primero porque, como dice mi mamá, las lágrimas sacan arrugas y, segundo, porque siento que desde que volví a México he llevado la chilladera a extremos ridículos. Frente a mí, un pizarrón con los to do’s de las diez marcas que tengo a mi cargo. Garabatos azules, verdes, negros  y rojos me hacen volver a casa: me doy un baño y abrazo a Rana bajo las sábanas. Tal vez mañana los colores y las líneas curvas sean más que un cúmulo de insignificancias sobre la herramienta de trabajo que lleva mis pendientes rotulados con sumo cuidado.

¿Qué dice?
¿Qué dice?

El ejecutivo de Santander me comenta que el 4 de enero tendré una respuesta por parte del banco. Mi dinero está en el limbo; al parecer, mi esfuerzo y mis horas de trabajo también. Pienso que debería estar escribiendo versos en lugar de copies, que tengo abandonado a Hernán Ronsino en mi mesita de noche, que el departamento que C. y yo compartiremos a partir de diciembre debería tener un librero enorme de nogal : el centro de nuestro nidito de amor; obras para reinventarnos y evolucionar juntos a través de las palabras de otros. Pienso que ha llegado el momento de dejar de comer azúcar refinada de una vez por todas y que es imperativo encontrar un estudio de yoga cerca de la oficina para mantenerme en equilibrio. Pienso en la cartera sustituta con la que cargo después de haber «perdido» la otra y el bruxismo hace su aparición como por acto de magia.

Pfff
Pfff

Elena Poniatowska gana el premio Cervantes y yo, curiosamente, traigo Leonora en la bolsa tamaño tráiler de la que el ratero sustrajo mi cartera. También Auto de fe, de Canetti. Cargo igualmente con un bote lleno de pastillas para los múltiples males que me aquejan, una pulsera de esmalte negro de Hermès que me molesta cuando tecleo en la Mac y suelo quitarme en los días de oficina, un frasquito de flores de Bach, mi pasaporte y un boleto de avión a Nueva York que Lisette me regaló por mi cumpleaños. Don Rata de dos patas sólo sacó la cartera mientras yo presumía CTR´s, ER´s y CPC´s. Vafanculo. El hijo de puta no sabe que mi cartera no era una cartera nada más; que el objeto mismo e incluso el dinero son perfectamente recuperables. Al hijo de puta no le cabe en la cabeza que en su poder tiene (o tenía) mi credencial de NYU –la cual guardaba celosamente– porque en ella reflejaba más felicidad de la que he sentido en toda mi puñetera vida; la foto tamaño infantil de mi papá de cuando tenía veinticinco años; mi primera cana -enmicada-: símbolo de que he crecido y de que ninguno de mis esfuerzos por mantenerme en pie han sido en vano; la moneda de la suerte que C. me regaló antes de mi entrada a la agencia: «Safe journeys», decía; el primer penny que me encontré en el metro de NYC en el 2011; el voucher de la tomografía abdominal que me hicieron cuando me enfermé de los riñones y pagué con todo el dolor de mi quincena; el anillo de oro que iba a llevar a la joyería porque se rompió después de diecinueve escasos años de abrazar mi anular derecho; la tarjeta de 16 Handles con la que Mayte y yo juntábamos puntos para regalarnos helados sorpresa la una a la otra; la foto que nos tomamos Giuse, Glori, Clau y yo antes de que volviera al DF; la tarjeta con la fecha de mi próxima cita con el psicólogo y la fotocopia de un poema de un libro de Frank Báez que me regaló Antonio antes de partir a España.

Pienso en otros nombres merecedores del Cervantes antes que en el de Elena. Pero igual me alegro: mi lado patriótico-literario-feminista-cultural se enorgullece. Después me acuerdo de que no tengo un peso y mi parte psicótica la culpa a ella porque estoy en bancarrota temporal. Y todo porque, simplemente, en el mismo momento en el que ella ganaba, yo perdía.

Juro y perjuro que no es nada personal…

C.W.

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