Uncategorized

Sandy: Anna Who Was Mad (3 de 4)

Ir a > Sandy: Perdiendo el piso (2 de 4)

1ro noviembre del 2012

Al no tener idea de cuándo volverían las cosas a la normalidad, decidimos mandarle un mensaje a Marga desde Palladium. Nos invitó a darnos un baño en su departamento: menos de sesenta metros cuadrados, con mamá de visita y esposo en casa.

«Almas de la caridad, el autoexilio nos ha llevado a meternos en su caja de cerillos».

(Subir hasta la calle 76 y la 1ra avenida. Caminar hasta la 42).

¿Desde dónde y hasta dónde llegarán los autobuses? Las rutas emergentes son un misterio en medio del caos: ironía más mierda no existe.

I have a knife in my armpit.
When I stand on tiptoe I tap out messages.

¿Cómo se ve un cuarto iluminado?, ¿cómo resbala el agua tibia por el cuerpo?, ¿cuándo voy a prepararle a Mayte la sopa de pimiento que tanto le gusta y a reencontrarme con un par de hielos en un jugo de naranja? Delirio de hielos, delirio de hielos; de un barrio con forma de barrio; de un abrazo; un detonador que me haga explotar en mil pedazos de una vez por todas. Creo que necesito llorar, pero no puedo. ¿Habré caído en el cliché que dice que uno se seca por dentro sin haberme dado cuenta?

(Tomar el metro en Grand Central).

A partir de ahí, como diría Armando Manzanero, «no ha pasado nada»: la gente, los olores, las tiendas y los edificios son los mismos; el Manhattan que sí cabe en un día común y corriente es éste. En Midtown nos sentimos de vacaciones.

Pero, ¿sobre qué conversamos?, ¿qué hicimos en la casa de los Moldaver?, ¿qué pasó en la 76 y la 1ra?  Permanezco en blanco. Sólo sé que resulta un poco extraño ducharse en casa ajena cuando se trae lodo en las uñas y urgencia entre las ingles.

-¿Tapaste la coladera, Feli? Bien podríamos haberlo hecho. Teníamos facha de pepenadoras.

-No, pero me masturbé de pie. Bajo el chorro de agua hirviendo.

Eat me. Eat me up like cream pudding.
Take me in.
Take me.
Take. 

Escupo todos estos pensamientos, estos remedos de memorias desde un cerebro que, al parecer, ya no es el mío. Nada me pertenece. La incertidumbre ha ido fragmentándome con el paso de los días. O derritiéndome. O aplanándome. Igual, poco importa: he olvidado, también, cómo sonreír.

Una nube, la casa de Marga y Alex, los Moldaver, una nube y las palabras–mis palabras– que se tragó el cajero de Wells Fargo en el Upper East Side a cambio de cien dólares en billetes de veinte.

Así Sandy. Y mi cabeza también.
Así, Sandy. Así mi cabeza también.

Me duelen las rodillas. Le cuento a Mayte que el frío hace que me duelan las rodillas y que el poco cartílago que tengo entre fémur y rótula está haciendo de las suyas, especialmente por las noches. Y es que mi rodilla ha estado hablándome desde hace más de un mes. Golpea como se golpea una puerta, se mueve de un lado a otro. Chilla. Rechina. También se retuerce.  Yo me cubro las orejas e introduzco mis dedos índices en cada oído y sacudo la cabeza con violencia: Sorry, but I can´t hear you, grito en voz alta –al aire–, mientras camino en círculos por mi cuarto. Cuando esta pesadilla llegue a su fin, no habrá nada que me detenga de salir a correr, recorrer y peinar la ciudad de Nueva York a bordo de mis flamantes Saucony. Ignoraré el dolor como lo he venido ignorando, con este valemadrismo racional y a la par rezaré: rezaré mucho, aunque Dios no me conteste y mi rodilla izquierda, visiblemente inflamada, empiece a calentarse. Sé que muy probablemente se le ocurrirá activar una alarma un día de estos, como la de las tiendas –cuando alguien se roba algo– e inmediatamente se va a partir en dos.

Give me a report on the condition of my soul.
Give me a complete statement of my actions.
Hand me a jack-in-the-pulpit and let me listen in.
Put me in the stirrups and bring a tour group through.
Number my sins on the grocery list and let me buy.

(Caminar de vuelta porque a a partir de la calle 23 los camiones no bajan al Village. «Get home safe», dice el chofer. Bengalas rojas en el asfalto alumbran las esquinas a medias. Caminar de vuelta a casa en medio de la penumbra tomada del bracito de Mayte. La luz ha perdido su nombre).
La gente se da prisa por miedo a sufrir un atraco: los adictos han hecho del Village su refugio huracanero.
Dicen que hay 160 muertos y más de 1000 desaparecidos. La ansiedad roza los límites de mi tolerancia: rebota de un lado a otro sin previo aviso, atraviesa paredes, escupe balas expansivas, se hincha. Y, entonces, lo ideal –al menos en términos gramaticales– es referirme a ella en plural. Si de pronto el aire no alcanza, si mis extremidades se adormecen y mi cuerpo comienza a moverse de forma involuntaria, me obligo a decir algo así como: “Tengo ansiedades, señor” o “estas ansiedades van a matarme” o “a ver, doctor, adivine de cuántas ansiedades estoy hecha”.

La explicación radica en que el singular no le hace justicia a la angustia que se esconde detrás del término; aunque, bueno, también es cierto que en momentos difícilmente controlables resulta imposible expresarse con corrección. Es por eso que a veces es más práctico anteponer palabras con un alto nivel descriptivo que se carguen de sentido a tope para que funjan como vía de liberación una vez pronunciadas.

Se dice, entonces, “pinche ansiedad”. Se dice “maldita ansiedad”. Se dice “hija de puta estúpida tocamishuevos maldita ansiedad”. Se dice “¿con qué mierdas me trago esta ansiedad? Se dice «hasta aquí llegué. Y el East River me queda a dos cuadras. Y sigue desbordado. Y me jala con una cuerda imaginaria. Y me seduce, mamá. Me atrae, así, sostenidamente, como un imán».

 

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s