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Sandy: Perdiendo el piso (2 de 4)

31 de octubre  del 2012
Como ausentes. Así caminan los habitantes de la zona. Sus rostros se escurren hasta rozar el suelo, cubierto por las últimas hojas de los árboles de otoño; cubierto también, por bolsas de basura negras que huelen a fruta podrida. Me pregunto si Mayte y yo nos vemos como el resto de los neoyorquinos: si parecemos muertos todos, si nos deslizamos en automático y no lloramos porque nos hemos quedado sin fuerzas. La única verdad es que el chiste, la burla, la novatada, la falta de agua, de luz, de comida; el descaro de Frank y su putita comitiva ratatouillesca, los chingaos vecinos, la penumbra, la quietud, Nueva York inmóvil -¡inmovilizado!-, han perdido su carácter de aventura y novedad.
...
Si no fuera por May y por los pocos minutos que tenemos al día para saber qué pasa a grandes rasgos, ya me habría desquiciado. Y es que he tenido tiempo de sobra para pensar y revolucionarme. Recuerdo como si hubiera sido ayer cuando mi mamá estuvo a punto de morir en el quirófano: de cómo no derramé una sola lágrima. De cómo, incluso, sentía coraje y gritaba con los ojos, mirando hacia el techo, cada vez que la veía postrada en la cama del hospital. O de aquella vez, en el 2010, cuando pensábamos que a mi papá le había dado un infarto y decidí quedarme a ver el triunfo del Inter de Mourinho sobre el Bayern, en la final de la Champions, antes de correr al ABC de Observatorio para preguntar si de verdad le había fallado el corazón a mi adorado progenitor. A veces siento que soy una culera. O tal vez, sin rodeos, más fuerte de lo que pensaba. A veces me asusta la frialdad con la que le doy (o le volteo) la cara a las vicisitudes. ¿No será, más bien, puritita inteligencia emocional? O negación. Y miedo. E inestabilidad. O un desbalance químico. Y desaciertos. Y/o falta de certezas. ¿Desde cuándo?, ¿hasta dónde? Basta.
Alphabet City
Alphabet City
Lejos de pensar en quebrarme, estoy hasta la madre de esta situación. Así. A secas. Huelo a perro mojado y llevo los lentes de contacto cuasi adheridos a las córneas. Una mancha voraz (sí, como la de la película) ha ido cubriendo mis extremidades y la comezón no me deja dormir. Sebo en el pelo. La piel seca, cuarteada. Ganas de una sopa bien caliente y una pastillita rosa, de ésas que mi abuela toma para dormir hasta el otro día. Ganas de coger. Sed. Me pregunto cuántos niños nacerán en nueve meses, producto del encierro de sus padres a causa del temporal: Sandy´s babies. Sandy´s babies all over. Me pregunto cuántos han muerto y desaparecido; cuántos se han quedado sin casa. ¿Cómo es que va a llevarse a cabo un puto maratón el próximo domingo? Es imposible tapar las ruinas para vestirlas de fiesta cuando el dolor y la incertidumbre se están comiendo a Manhattan. Mayte y yo nos comemos la cabeza. A ver si no terminamos rostizando a Frank, atravesado por un palillo chino, a la luz de las velas.
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4 comentarios sobre “Sandy: Perdiendo el piso (2 de 4)

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