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¡Oh, Sandy! Un par de comadres ignorantes en medio del huracán (1 de 4)

Ésta es una crónica, en cuatro breves entregas, del paso del huracán Sandy por Nueva York en otoño del 2012; también es una crónica de la putiza que me metió la llamada Superstorm durante ocho días con sus tétricas noches. De la fragilidad y la importancia del otro en momentos de crisis. De la empatía, la adaptabilidad; del poder que tiene la naturaleza para fungir como psicoanalista o como hija de puta cuando uno menos se lo espera. Del silencio que se impone y activa el hámster que todos, en mayor o menor medida, llevamos dentro.

De la Ley de Murphy y la cereza en el pastel…

30 de octubre del 2012

Sandy
o_O

Escribo estas líneas desde un hueco en el tiempo que no tiene parecido alguno con los días de la semana que todos conocemos. Lo único que soy capaz de afirmar ahora es que mi iPad marca las 7:46 p.m. –con el 78% de pila para entretenerme en la penumbra– y que en algún momento tendré que caminar a tientas hasta la cocina para preparar la cena, Doritos con salsa Valentina y una barra de Snickers, antes de que se la coma el ratón –nuevo inquilino del búnker Alanís-López–, mejor conocido como Frank «el flâneur». Hay dos velas encendidas junto a la ventana para ver mejor mientras tecleo. Los asiáticos del diez están a dos minutos de terminar con mi paciencia, no sólo por el escándalo que hacen desde que amanece, sino por la poca relevancia que tienen sus sonidos nasales para mis limitadísimos conocimientos sobre mandarín (Ni hao. Ni hao ma. Y hasta ahí llegué, amiguitos); ni en un millón de años (hiperbolizando ando) podría asociarlos con palabras. Además, el muro que nos separa me impide saber si mis adorables vecinos ríen, gritan, fornican o lloran. A mí todo me suena igual: lo ininteligible me reencabrona.

Desde anoche nos quedamos sin gas, luz, internet, agua, líneas telefónicas. Después de haber pasado gran parte del domingo haciendo compras de pánico, tales como linternas made in Taiwan y botellas de agua a nueve dólares cada una, Mayte –mi roomie– y yo nos recluimos en nuestra oscura caja de zapatos. Todo fueron risas y malos chistes a propósito del desenfado de Frank para pasearse frente a nosotras; de hecho, decidimos no matarlo porque había sido muy sigiloso hasta el momento y porque, aquí en corto, ninguna de las dos se iba a atrever a apalear, destripar y/o siquiera aporrear su cuerpecito caliente. «A ver, pongámonos serias: mide como cinco centímetros. A lo mucho, seis. ¿Qué puede hacernos? Se está resguardando porque su instinto le dice que algo muy pinche loco se avecina», decíamos, tratando de convencernos mutuamente, soltando gritos desesperados y subiéndonos a una misma silla cada vez que el señor roedor aparecía en escena.

May traducía textos y yo escribía writing samples para un posible trabajo. A las 8:15 p.m. del lunes 29 de octubre, el huracán entró de lleno a Manhattan y el morbo por vivir la experiencia se volvió poco menos que nada. Sandy no derrumbó la casa, pero nos apartó del mundo exterior por completo. Nos fuimos a dormir juntitas a las once (cuchareo incluido producto de la incertidumbre) muertas de aburrimiento, en medio del ventarrón que amenazaba con reventar las ventanas y que a mí –francamente– terminó por arrullarme.

Lo jodido fue haber salido la mañana de hoy para darnos cuenta de que el apagón había sido cosa seria: que las telecomunicaciones no se restablecerían pronto y que la devastación en el East Village, especialmente en Alphabet City, tenía a la gente deambulando, entre árboles caídos y terribles inundaciones, en busca de un lugar donde comprar algo de comer y/o resguardarse. Las estaciones de bomberos ofrecían contactos para que los locales pudiéramos cargar nuestros teléfonos en medio de la lluvia. Después de los diez minutos permitidos por persona, debíamos salir en busca de un lugar con planta de luz y wi-fi para avisarles a nuestros familiares que estábamos bien. A eso de las doce del día caminamos hasta el gimnasio de NYU: Palladium. Jesucristo reencarnado era el guardia que permitía hacer uso de las conexiones. ¿El boleto al Paraíso? Nuestra credencial de estudiantes: número de matrícula igual a password para hacer uso de la red.

-¿Habías vivido un huracán antes, Feli?

-Sí, Fe, hace no mucho; en Acapulco, pero ni siquiera se fue la luz.

-Es que creo que somos unas pendejas. ¿Te acuerdas que la gente se preparó para esta reverenda mamada atascando los carritos con comida enlatada y papas de bolsa?

-No mames. No mames. No mames.

Non perishable NO es lo mismo que easy to eat

-Güey, we´re doomed.

-También por eso las filas en las vinaterías. ¿Por qué no compramos unas botellas de tinto? ¿de prosecco? ¿de tequila? ¡Dime por qué!

-Esto es una novatada patrocinada por la madre tierra, me cae. ¿O sea que ya valió madres todo?

-Pues las salchichas, los quesos, el jamón, el pollo, las verduras, los yogures, el hummus, la leche, la carne molida, la fruta. Sí, básicamente todo. Aunque tenemos Nikolái en el congelador.

-¿Ese vodka? ¿el de la botella de plástico de un galón a 9 dólares? ¿el que mató al 50% de nuestras neuronas el viernes pasado?

– Tienes razón, Felicio. No Gogol for us. 

huracán
Día 2: Ignorance is bliss.

Chocolates, papas, gomitas, barras de proteína, atún y cacahuates cash only. Sin electricidad, los cajeros automáticos estaban fuera de servicio, pero como soy de esas freaks que guardan lanita abajo del colchón, el efectivo se convirtió en el último de nuestros problemas, al menos hasta hoy. Lo que debo admitir es que en sólo tres días (domingo de pánico, lunes de encierro y martes de junk food), los dos kilos que perdí después de la intoxicación con mariscos hace una semana regresaron con todas las de la ley. Es más, puede que hasta hayan invitado a un tercer kilo a la fiesta de espuma en mis caderas. Gracias a la luz de la linterna, que se se ha vuelto mi juego preferido frente al espejo en la oscuridad, ahora sé que tengo el tabique desviado y que hay una cantidad estúpida de polvo bajo mi cama. También he leído mucho: terminé Mis mujeres muertas, de Fadanelli y estoy por empezar Coronación, de Donoso. Mayte anda muy aplicada con Bolaño. El ratón sigue aquí; a veces pensamos que por las noches trae a sus amigos al refugio cuando nosotras intentamos dormir. Prefiero evitar pensar en ello.

No hay servicio de metro, los camiones no pasan por aquí y ya ni hablar de los taxis. En internet las noticias son aterradoras: al parecer, hay zonas de Jersey y Staten Island que el huracán destruyó por completo. Al parecer, el East River se desbordó y Battery Park City está cubierta por agua. Al parecer hay muertos, entre ellos, dos hermanos de entre tres y cinco años. Al parecer esto es más grave de lo que pensábamos. Esto, que aún no entiendo bien qué es y que nos tiene viviendo en una especie de Ciudad Gótica, está lejos de terminar…

En principio, mañana volveremos a Palladium en busca de más noticias. Ojalá nos topemos con el food truck de Dinges & Waffles para desayunar algo calientito, aunque de nutritivo no tenga nada. Que Dios salve a Con Edison, a T-Mobile y al mayor Bloomberg. Que Dios los ilumine y la Virgen de Guadalupe los proteja bajo su manto esta misma noche: primero, por mi salud mental y, después, por el bien de mi segunda entrega para el Taller de ficción con Diamela Eltit.

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3 comentarios sobre “¡Oh, Sandy! Un par de comadres ignorantes en medio del huracán (1 de 4)

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