Diario de una condesa sin tornillos

Invierno y adicción

Losing grip

Los últimos cuatro meses del 2012 llamaron a mi puerta con una insolencia por demás tocapelotas. Sin deberla ni temerla, me vi obligada a enfrentar una serie de cambios y pérdidas que no guardaban ni tantito parecido con lo que había planeado para mi vida tiempo atrás; lejos de casa, la situación no hacía más que complicarse… Con diciembre en el olvido, la cuesta del 2013 me ha significado un reto tremendo a nivel emocional. Y es que sucede que, en ciudades como Nueva York, el estrés se experimenta con mucho dramatismo: todo es más grande, más fuerte, más intenso. Y fugaz.

Hace tres semanas tuve que cancelar mis carreras matutinas debido a la enemistad de años que separa a mis rodillas de las temperaturas bajo cero. Los diez kilómetros diarios, que a su vez fungían como psicólogo, psiquiatra y chamán, se fueron al caño cuando la rótula derecha me frenó intempestivamente en la calle 58 –a cuarenta minutos de terminar mi recorrido– y yo grité «¡¿Ahora qué putas?!» frente a un par de españoles que me miraban desconcertados.

En lugar de volver a casa trotando, caminé a Grand Central; tomé el metro hasta la calle 14 y pasé, más a propósito que por casualidad, al lado del Milk Bar: una galleta de mora azul con crema y un chocolate caliente sustituyeron al típico desayuno post madriza (claras y yogurt griego). Como era de esperarse, el vacío –al igual que la metáfora del vaso y por obra de la infusión calórica– de pronto se antojaba medio lleno. Sugar high: fantasma telonero hijo de puta.

My brain, having a bad day

Le bajas al ejercicio automáticamente no sólo porque odias el frío, sino porque tus articulaciones no lo soportan. Regresas topada de frustraciones, no quieres caminar porque te hielas y, de pronto, te das cuenta de que la báscula, tu peor enemiga desde los once años, marca cuatro kilos más. Dios, ¿en qué puto momento?
La conducta autodestructiva hace un cameo y empiezan las cosquillitas: o comer más o dejar de comer por completo. Mierda: en NY no venden diuréticos sin receta. Quizás lo mejor sea comprar toronjas y atún para alimentarte de eso durante una semana. ¿Qué tal nadar en la mañana y hacer bicicleta en la noche y aprovechar las vacaciones que te quedan para meterle candela al asunto con las veinte clases de kickboxing que compraste en Groupon? STOP.

Para atrás ni pa’ agarrar vuelo. ¿Años de terapia para caer en un nuevo hoyo, sólo que en diferente país? Insultar la inteligencia de uno mismo es un descaro imperdonable. STOP. Párale deveritas, antes de que la bola de nieve se convierta en avalancha y termines tan revuelta que no puedas respirar.

Up

Lo chingón de todo esto es que he aprendido a identificar los momentos de peligro y a ocuparme en cualquier cosa para evitar que se me vaya la pinza: respiro, leo en voz alta, me platico frente al espejo, medito, agradezco, me abrazo y me repito a mí misma que me acepto tal cual soy. Parloteo en italiano, hago como que escribo poesía, me echo un clavado a mis diarios de pubertad, le doy masajes relajantes a Rana, cito a Sylvia Plath mientras subo y bajo escaleras, grabo notas de voz en mi iPhone y canto Johnny Appleseed en la regadera… Mi papá se ríe: dice que no tengo remedio. Yo, con rituales incluidos, soy cada día más auténtica. Y eso me ha traído una paz que sólo puede sentirse; una paz inmensa que resulta imposible articular.

CW*

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2 comentarios sobre “Invierno y adicción

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