Diario de una condesa sin tornillos

Madrugadas neoyorquinas: Ευχαριστώ

Dios es griego: se llama Aetos y tiene 65 años. Es propietario de una furgoneta donde sirve comida mediterránea, en Astoria, y trabaja hasta altas horas de la madrugada. Mastica algo de inglés, gesticula como pocos y mueve las manos todo el tiempo. Sus millones de dioptrías lo obligan a fruncir el ceño sin descanso, en un intento por aguzar la vista y enterarse de lo que sucede en la parrilla con la que enamora a locales y a turistas. La hendidura que se forma entre sus cejas parece el molde de mi dedo índice: apenas lo conocí, me atreví a llevar a cabo una medición exhaustiva –desde el pulgar hasta el meñique- para atinarle al hueco en su frente con mi dedo e hincarlo ahí sin razón, mientras me quejaba de lo complicadas que pueden ser las relaciones humanas en una ciudad como Nueva York: «My forefinger could fall asleep in your forehead. Your forhead looks like a crinkled blanket. And men in your city, they’re all cold bastards». Cabe mencionar que esa noche había bebido cantidades industriales de vino tinto y que tenía apenas un par de galletas con Roquefort dando vueltas en mi estómago.

–You need food, my dear. Sit down. Wait.

Decidí abordarlo, en principio, porque mi celular se había quedado sin pila y porque un par de sujetos extraños caminaban detrás de mí, balbuceando mierda y media, desde que salí de una verdulería a las 3 a.m. (claro, es que comprar cebollas, chiles, un jitomate y un manojo de apio es lo que procede cuando una se siente perseguida por dos malandros. Salud y mil veces salud, mamacita de mi alma). En cuanto vi el camión en la esquina de la avenida 30 con las luces encendidas, no dudé en subirme y soltar un desesperadísimo «I´m lost, please help me». Aetos tomó mi cargador y conectó el teléfono, me sentó en un banquito junto a la puerta y se dispuso a preparar lo que sería mi cena: el cielo en la tierra para una borrachales perdida en Queens.

Este mismito, en horario familiar.
El famosísimo, en horario familiar.

– I have daughter. She thirty year old. She no need no man. She successful. You no cry. You still in your twenties. You no look for man because man will come to you. You drunk. Now call your friend. Call your friend and eat your lamb.

Al día siguiente fui a buscarlo para darle las gracias por haber aparecido en el momento exacto y por haberse ido hasta la cocina con el discurso del corazón; pero la furgoneta ya no estaba… Me mudé pronto a Manhattan y no hice esfuerzo alguno por volver. Aetos es una prueba más de que la gente buena existe y de que el cordero con arroz amarillo sabe igual de bueno que unos tacos del Borrego Viudo, diez copas de vino después. Tuve suerte. Mucha. Y aprendí mi lección. Trust me on this one.

CW*

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2 comentarios sobre “Madrugadas neoyorquinas: Ευχαριστώ

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