Diario de una condesa sin tornillos

Así las cosas. Y qué chingón.

 

 

Debería estar en Nueva York disfrutando el verano, haciéndola de local en los lugares que de verdad valen la pena: esos que la ciudad no muestra tan fácilmente, gracias al exitoso establecimiento de sus bien delineadas tourist traps. Debería haber resuelto el asunto de mi nueva casa y mis potenciales roomies hace tiempo; vamos, al menos tener un par de opciones de vivienda a estas alturas… Debería traer puestos los shorts neón que compré en Mott St. o el vestido bicolor que la cajera olvidó cobrarme en Top Shop. Debería estar usando la ropa de verano con la que logré que las puertas de cada uno de los clósets del departamento 11M explotaran, al final de la primavera, en 200 Rector Place. Coulda, woulda, shoulda.- Samantha Jones dixit. O lo que es lo mismo: pinches verbos incómodos.

El jugo que iba a sacarle a NYC por estas fechas estaba más que calculado, no miento; pero el karma de las metáforas gastadas me alcanzó y el dichoso jugo se convirtió, literalmente, en un tetrapak de 250 ml. de leche entera que divido en dos –o hasta tres partes–, para revolverla en el café que bebo todos los días, dentro de la que será mi oficina hasta el primero de septiembre.

Mi novela se atoró en la página 25 hace un par de semanas. Cambié la M de Mankell por la de Marketing y la Freedom Tower ya no es lo primero que veo cuando abro los ojos. Tengo en mi poder libros prestados que, con mucha pena, no he podido regresar. El viaje que en un principio iba a durar diez días va para mes y medio y, cada vez que piso el agua aceitosa de los charcos defeños, recuerdo que mis botas de lluvia están en el fondo de una maleta a más de cuatro mil kilómetros de distancia. Lo increíble del asunto es que me siento feliz. No DEBERÍA estar en ningún otro lado porque aquí es donde las circunstancias, por más hijas de puta que hayan parecido en un principio, me tienen bien parada (que no es lo mismo que varada). Porque hace poquito aprendí a agradecer en vez de quejarme y porque hay situaciones que de haber vuelto a Nueva York el 26 de junio, no habrían podido darse con tanta naturalidad en el DF. Agradecer no hace daño: no cuesta dinero ni causa incomodidades.

Agradezco la catafixia indeclinable de mis vacaciones de verano por casi dos meses de trabajo (advertencia: aquí empiezan los clichés que merecen tortazo). El alegre y prolongado reencuentro con las que son más hermanas que amigas. El culito simpático de Rana, entre mi nariz y mis ojos, cuando despertamos juntas en casa de mis papás. Las peleas consanguíneas y sus sencillas reconciliaciones. Agradezco México aquí y ahora.

El jugo se lo exprimo hoy a mi gente y a mi ciudad, a las oportunidades que se me han impuesto sin decir «agua va», a las sábanas naranjas entre las que ahora duermo con tremenda paz y a esta necesidad que tengo de consentir a quien tantas lágrimas ha derramado a causa de las cuatro cebollas, slash fichitas, que parió entre 1984 y 1991: adorada, tú, madre mía.

Éste es MI verano. En septiembre volveré a clases y en un abrir y cerrar de ojos habré terminado la maestría. Disfrutaré, entonces –con el permiso de todos ustedes–, MI verano tal cual está dispuesto. La historia no acaba aquí: lo tengo bien clarito.

Banderita
Sábado, Distrito Federal

4 comentarios sobre “Así las cosas. Y qué chingón.

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