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La historia de mis óvulos

Publicado en la88.mx

Óvulos

Mi instinto maternal siempre ha oscilado entre el «no, gracias» y el «¿a cómo está eso de la renta de vientres?». No sé si se deba al miedo paralizador que me produce imaginarme con pies de hobbit y una vagina XL en plena semana 36, o si la verdadera causa de mi temor se incline un poco más hacia el tremendo dolor de cabeza que me provocaría tener una hija parecida a mí. Demasiados problemas le he dado a mis familiares. Suficientes desmadritos he montado a lo largo de mi vida. Con bastantes tornillos sueltos me trajeron mis padres a este mundo.

No me interesa que el karma me recubra con su saliva cuando cumpla 50 años y me deje –sin escudos ni espadas– con una adolescente en casa. Es en serio. Me niego a ser yo la que, en un futuro próximo, se queje a grito pelado con frases como: “Que no llegó la niña. Que se escapó con el noviecito de 19 años y hace dos días que nadie sabe de ella. Que la carrera de comunicación siempre no, porque dice que no le da lo que necesita; que mejor literatura, porque –algún día– vivirá de su poesía. Que llegó borracha y se quiso aventar del balcón. Que consume anfetaminas porque estar en los huesos es lo de hoy. Que su entrada triunfal a la boda de la prima Marianita estuvo enmarcada por las quince gotas de Rivotril que traía encima. Que corre hasta desvanecerse porque es la única manera de pausar su cerebro”.

¡Y pensar que de los 16 a los 25 los tuve a todos con el Jesús en la boca! Y pensar, pensar de veritas, que es ese mismo Jesús el que voy a tener que embucharme si traigo al mundo a una monería como yo. Según lo que mi ginecóloga comentó durante nuestra última cita, aún tengo óvulos viables para rato (eso quiere decir que todavía hay tiempo para pensar si me gustaría tener un hijo, con una madre como yo). Sin embargo, hace un par de años alguien me dijo lo contrario. Y vaya que me pesó…

Corría el año del 2013. Enero. Ése fue el único periodo vacacional en que decidí no volver a México y quedarme en Estados Unidos porque, bien pinche macha –como cuando muerdo el chile habanero cual si fuera manzana–, pensé que podría soportar el crudo invierno sin problema alguno. Sola.

Recuerdo que el 7 de enero salí de la biblioteca y encendí un cigarro (me gustaría aclarar que no fumo, a menos que esté de un humor de la chingada). En uno de los postes contiguos había un anuncio que prometía 20,000 dólares a estudiantes de Columbia, CUNY y NYU que se presentaran a donar sus óvulos. El hámster comenzó a girar instantáneamente: le llamé a May, mi rumi, y emprendí el camino a casa en medio de una nevada a la que no sobrevivieron mis botitas de plastipiel. Guardé el anuncio para que no terminara por destruirse y empecé a hacer cuentas. Con 20,000 dólares me alcanzaba para:

Dos chamarras de Moncler (una para Mayte y una para mí). Un colchón nuevo, dado que llevaba ya cuatro meses durmiendo en una cama de dudosa procedencia (sólo el dueño del edificio, Mr. Kalata, sabía cuántos yonquis habían pasado por ahí). Cinco meses de mi parte de renta, dos meses de compras en el supermercado y diez sesiones en las camas de sol deGreenwich, para darle un poco de alegría a mi apariencia fantasmagórica. Unos trapitos primaverales que me dejaran mostrar algo de piel por ahí de mayo. Un libro perteneciente a la categoría de ejemplares antiguos y raros de Strand, que tenía en la mira desde octubre del año pasado: Fires: Essays, Poems, Stories de Raymond Carver. Ah, y al menos tres botellas de un buen tequila que no tuviera nada que ver con el galón de vodka de porquería, que nos dejó ciegas después de una fiesta casera que habíamos organizado hacía un par de meses.

Al llegar a casa, Mayte me esperaba con los ojos desorbitados y la computadora sobre las piernas para guglear acerca del procedimiento.

–Sindrome de hiperestimulación ovárica: un trastorno cardio-circulatorio y respiratorio masivo que puede ocasionar incluso la muerte de la mujer.

–Pero dice que sólo afecta al .06%– le respondí despreocupada.

–Menopausia prematura, infertilidad potencial en el futuro, osteoporosis, cambios hormonales bruscos. No estoy segura. Yo sí quiero tener hijos. Quiero tener hijos– recalcó.

–Son 20,000 dólares –alcé la voz–: Somos estudiantes, soportamos trabajos de mierda, mi novio en turno no se atreve a salir del clóset y el tuyo es más raro que ver un colibrí en el East Village, convivimos con un roedor insolente que se aparece para lamer la botella de aceite de oliva y se pasea por el cajón de los cubiertos con los que comemos cuando le da la gana, ¡estamos a -10 grados y la calefacción central de este edificio no funciona, vivimos solas en una ciudad en donde no le importamos a nadie!

Saqué el anuncio de mi mochila, arrugado y húmedo por el trayecto accidentado a casa. “¡Son 20,000 dólares!”, repetí. Cuando se lo di a Mayte para que marcara al lugar donde iríamos a donar nuestros óvulos esa misma semana, ella sonrió en señal de complicidad. ¿Qué importaban las consecuencias? En donde vivíamos los 29 eran los nuevos 19 y con ese dinero teníamos el resto del año escolar resuelto, con algunos lujos incluidos. Además, yo no pensaba en lo que podría pasarme porque, en ese momento, ser madre no estaba en mis planes. Ella quedó convencida de que los efectos secundarios eran cosa de nada y que las complicaciones se reducían a porcentajes ridículos. Pero a medida que May iba leyendo, su carita de We can do it se fue transformando en carita de I think we´re fucked. Las letras chiquitas, la nota al pie, el enunciado con los caracteres más pequeños del mundo decía lo siguiente: “Must be 25 or under to donate.”

De un momento a otro se nos cayó el teatro de los 20,000 dólares y –más allá de todo– nos aplastó un reloj biológico que ni siquiera habíamos convocado a la fiesta del bling bling. ¿Cuál era el estándar de juventud y de bienestar para ser donadoras? ¿Por qué nuestros 29 años de edad de pronto no servían para absolutamente nada? Después de un debate tendencioso, saturado de mentadas de madre, las risas no se hicieron esperar. Tiramos el anuncio a la basura, nos fuimos al 16 Handles que estaba en la esquina de la casa y compartimos un helado que pagamos con los puntos de mi tarjeta de cliente frecuente. Soltamos una que otra carcajada y, al salir del establecimiento, nos dimos cuenta de que la nevada había petrificado mi paraguas. Pensé, mientras lo sacudía, que si la naturaleza iba a empezar a pisarme los talones, la ciencia podía comprarme un tiempo extra.

–Ya que no los donamos, ¿qué tal si los congelamos?– le pregunté.

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