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Like A Virgin

Mapa Asia Lo digo desde la misma ignorancia que se anida en mí con respecto a la parte del mundo que estoy por descubrir: no sé si he desayunado dos, tres, o cinco veces. La altura y la presión han hecho de las suyas: mis manos parecen guantes de látex inflados a punta de soplidos largos y constantes. Hace ya un rato que fui al baño a quitarme los anillos con jabón líquido, después de visualizar mis dedos cercenados sobre una bandeja de metal en un hospitalucho cingalés. A decir verdad, la última y única vez que volé durante 16 horas continuas fue arriba de un brownie marmoleado al que me subí hace un par de años en casa de Érika.

Recuerdo cuando leí a Henri Michaux y quedé fascinada con Un bárbaro en Asia. Recuerdo, también, los efectos de los alucinógenos en sus ilustraciones, su lucidez siempre reflejada en el texto y ese punto de inflexión en donde la inteligencia y el sentido común se convertían en poco menos que nada. Con Michaux descubrí que el choque cultural entre Oriente y Occidente desencadena un sinfín de consecuencias brutales e igualmente deliciosas. Que el asombro y la ignorancia, en conjunto, son básicamente dinamita.
Para probarlo, en ocasiones me he puesto a hacer ejercicios de memoria sin éxito, al preguntarme cuándo fue que me sentí completamente ajena a algo. No inexperta ni principiante, sino realmente alienada, de pronto incómoda, sin una sola idea de cómo proceder. ¿Será que en un futuro la ciencia y la tecnología nos permitan recordar desde el momento en que nacemos y después nos den la oportunidad de seleccionar cuáles vivencias guardar y cuáles no?
El punto es que, tal como la memoria, mi historial de trotamundos es algo limitado a pesar de que mi papá siempre incitó a sus cuatro hijos a viajar y –lo que en su momento me parecía un poco extraño, pues su amor por México a veces hace que me cuestione dónde es que le cabe el amor que a mí me da– a nunca volver. Mis hermanos aprovecharon la encomienda al pie de la letra, but not me. Yo hacía viajes exprés al interior de la República algunos fines de semana y construía una vida paralela en el puerto de Acapulco; le decía que sí a cualquier trayecto que se hiciera efectivo en no más de un mes. Nunca me gustó planear a largo plazo ni ir tachando días para que llegara el viaje de la vuelta al mundo que estaba programado para darse en lo que a mí me parecía una eternidad, ni pensar que caminar sola por las calles de París iba a hacerme sentir libre. Ser libre era darle verdaderos dolores de cabeza a mis papás, de esos que no se pueden propinar a distancia, de esos que te hacen caer en la categoría de adolescente problema. Una auténtica saca canas. Una escuincla malagradecida, una mal portada, una smartass little bitch. La única vez que visité Italia, por ejemplo –a los dieciséis–, llené tres diarios con poemas bien malditos escritos con tinta roja y me puse a dieta de engorda para que mi mamá no me reconociera cuando fuera por mí y por mis hermanas al aeropuerto. Ahí descubrí que volar tan lejos del nido no iba con mis ganas de joder a mis progenitores de manera inmediata. Especialmente cuando, al regreso, lo menos que hice con mis ocho kilos de más fue escandalizar a mi gente.
Cuando mis niveles de rebedía bajaron volví a olvidar que había países y ciudades que conformaban el resto del mundo, pues después de terminar la licenciatura, en el 2009, Nueva York y yo comenzamos una relación ciega, disfuncional. El amorío se convirtió en un juego peligroso, el cual pasó de la pleitesía al «pégame, pero no me dejes», al «chinga tu madre», al «quiero volver» and so on. Cuando por fin volví a México en el 2013, después de terminar la maestría, hastiada de Manhattan, de los turistas (claro, porque yo ya estaba mimetizada con la puta manzana y era más local que las ratas de la parada en Canal St.) y del please stand clear of the closing doors, me dieron unas ganas tremendas de tomar el primer avión a JFK y empezar, otra rementada vez, desde cero.
Sin embargo, casi inmediatamente llegó C. a mi vida, conseguí un buen trabajo, me dejé envolver por la calidez de mis viejos amigos y encontré una casa nueva para echar raíces. De un día para el otro lo que veo en mi anular izquierdo es una argolla de matrimonio  y he aterrizado –junto a este esposo mío que a ratos desconozco– en la capital de Sri Lanka: un lugar en donde mi civismo occidental está en continuo estado de alerta, donde me entero que las costumbres van mucho más allá de llegar a mi destino final y visitar un templo o descifrar un mapa atiborrado de jeroglíficos.
Apenas nos bajamos del vuelo en el que fui una con el Zolpidem, C. y yo nos subimos a una avioneta que nos transportó de la base aérea de Colombo a nuestro primer destino: Trincomalee, una playa casi desierta ubicada en la costa este de la isla. En la recepción del hotel, una pareja de turistas holandeses de la tercera edad, vestidos con camisa y pantalones de lino –elegantes como su putamadre–, nos observan. No hay duda de que la belleza latina de C. los tiene transtornados. Me muevo estratégicamente para que quede frente a ellos sin darse cuenta y se muestre, en todo su esplendor, como un dulce que está a la vista para contemplarse, mas no para ser devorado. Me emociono con la idea de estar más cerca de Katmandú, el único lugar que ocupa la cabeza de mi papá desde hace meses. Dice que será la última ciudad que visite antes de morir. No me canso de repetirle que, entonces, tendrá que ir a Ulán Bator, a Helsinki, a Yangón, a Anuradhapura, a Jakarta, a Cebú y a Guam antes de que eso suceda. Pienso, también, en la subjetividad de mis expectativas con respecto a este viaje. Gesticulo de manera consciente. Elijo, con absoluto cuidado, cada sonido que de mi boca sale. En Asia no hay lugar para el comportamiento automático, al menos no en este avasallador principio. Michaux es mi pastor, nada me faltará.

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