Diario de una condesa sin tornillos

Peripecias: NY hates me

Bryant Park. NYC
...

Quien me conoce sabe que soy un alma solitaria: de pronto olvido contestar mensajes y a veces no llego a las reuniones; de la nada se me cruzan los cables y prefiero quedarme en mi casa a lavar pensamientos (que es casi lo mismo que lavar dinero, sólo que menos redituable y mucho, pero mucho más peligroso. Ya se los explicaré en otra ocasión).

El rollo aquí es cuando la soledad se impone con sus muy grandes pelotas –sin ofrecer siquiera un plan alterno–, porque la cosa cambia. Y es entonces, cuando la marcha triunfal del ermitaño se convierte en la marcha fúnebre del abandonado, o algo igual de tétrico, por aquello de los efectos especiales que este post amerita.

Mis primeros días aquí no fueron ni bellos ni alucinantes. Tardé casi veinte en encontrar un lugar provisional donde vivir: un departamento por el que pagué una fortuna y en el que cohabité con una rata insolente, del tamaño de mi pie, que se paseó por la cocina, el cuarto y la sala durante seis interminables semanas.

Después llegué al huevito feliz, en un piso once con doorman y vista de peli. El segundo día compré un producto especial, súper corrosivo, para fregar el jacuzzi y combatir el moho de las esquinas. Puse una foto de Pedro en un marco y preparé sopa con champiñones. Luego me metí a bañar sin saber que el vapor levantaría los residuos del producto maravilla y yo saldría con las piernas, la cara y los brazos quemados.

En otra ocasión me quedé dormida en el tren y me pasé quince estaciones. Cabe mencionar que la cita a la que debía llegar y para la que me había puesto tan linda, se fue al caño poco a poco, estación por estación. El man dijo stand clear of the closing doors quince putas veces. Quince. Pero yo nunca lo escuché.

Rector St.
¡Bajaaan!

También resulté alérgica al jabón con el que lavaba las sábanas. Tardé días en encontrar la causa del rash maldito. Y después, cuarenta dólares por galón de detergente para piel sensible. Cuarenta dólares: tres shots de tequila Patrón –por carga– a la lavadora, sin más…

Una de las mejores fue cuando se me cayó el café sobre mi Mac nueva y perdí el proyecto de poesía que debía entregar a final de semestre. Cuando llegué a la Apple Store de Prince, hecha un mar de lágrimas con la compu moribunda, el dependiente de la tienda me dijo/ordenó enérgicamente please compose yourself. Seguí llorando. Me fui. Chale, y yo que pensaba que los geeks podían llegar a sentir pena por el dolor «MacBookero» ajeno.

Subí siete kilos de septiembre a diciembre (they´re all gone by now, gracias a mi par de huevos metafísicos). Viajé tanto a México los fines de semana que no pude hacer pie en ninguna de las dos ciudades. Creo que lo que pasó fue que perdí mi identidad por un momento; la Ley de Murphy se ensañó conmigo y yo le di cuerda con tanto teatro.

Ahora todo fluye. La verdad es que me la paso perdiendo tornillos, pero generalmente los encuentro y los reacomodo como puedo. Me gusta el cerebro que tengo: los años no le han sumado cordura pero sí un chingo de visión. Y ahí voy. Leyendo rostros, conociendo gente que vale mucho la pena, sanando heridas, bailando a mi ritmo…

NY doesn´t hate me anymore, pero aún no me fío. Seguiremos informando.

Fortune cookie
And so it is...

Nota: Continúo estructurando el blog y preparando nuevas secciones. Que de pronto deje de escribir no significa que los he abandonado; sucede que si publico de vez en cuando es porque no puedo aguantar las ganas de contarles cómo va todo, pero prometo que todos los días avanzo un poco más y que en un par de semanitas estaré con ustedes diariamente.

Kissies.

CW*

3 comentarios sobre “Peripecias: NY hates me

  1. Lo amé. Desde la primera letra hasta la estrellita de la firma. Lo del lavado de pensamientos ya lo apunté, que es tan tuyo y tan sabio, merece ser guardado. Te quiero y NY won´t know what hit it.

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